LO APRENDÍ DE MI ABUELA

Hoy, no sé por qué, me he acordado de mi abuela, de cuando yo era niño y ella, la pobre, me contaba historias y me cantaba romances para que no hiciera ruindades. Y me entonaba romances que hablaban de condes-niños, de indianos burlados por niñas llamadas Lucrecia, de soldados forzadores, de los milagros del Niño en su huida a Egipto o de la aparición de la Virgen a un pastor. Y me relataba historias de brujas que bailaban, de una higuera de Arure que está maldita por una Santa, de cuánto llovió cuando salió la Virgen delante del Cuadro de los Reyes o de cómo las almas en pena venían a buscar a quienes les causaban tal penar. Pero las historias que más me gustaban eran las referidas al pueblo, de cuando ella era niña o joven, y así me aprendí casi de memoria la historia del cacique que amaneció muerto violentamente y todos dijeron que habían sido las brujas; o la de aquel hombre que se pasó trabajando buena parte de su infancia para poder pagar su nacimiento; o la de aquella mujer que perdió sus terrenos por deber un paquete de café; o la de aquel hombre al que casi matan por no saludar al alcalde o por mirarlo mal; también me contaba sus vivencias, cuando pasaba cargada de leña por delante de la escuela a la que nunca pudo ir; o cómo había días que sólo desayunaba una rala de gofio y vino, y a veces ni eso, y de cómo la fatiga se le agarraba de las tripas.
    Ahora creo que fue ella, sin saberlo, la que fue sembrando alguna de las ideas que hoy tengo; creo que fue ella la que con sus relatos me hizo cogerle asco al que abusa de su poder, al que se beneficia de las esperanzas del pueblo, al que manipula a su antojo, al que cree que con un grito basta para que los demás se agachen; y también hizo, sin quererlo, que aborrezca a quien adula, al que se agacha y no habla o se queja por miedo, al que prefiere el malo conocido.
    Me ha llegado a la cabeza una idea que podría parecer tonta: es posible que las abuelas (y los abuelos) influyan de tal manera en sus nietos que lleguen, si no a definir, sí a afectar negativa o positivamente, la personalidad de éstos. Me pregunto qué clase de historias les contaron a sus nietos las abuelas de Hitler, Franco o Pinochet, y me horrorizo.
    Yo, por mi parte, si sobrevivo a las venenosas vacas locas, a algún nuevo tipo de cáncer o a otra nueva enfermedad que surja de aquí a allá, y llego a tener nietos, les contaré también mis historias: les explicaré de cómo había hombres que mataban a sus esposas a palos; de cómo se condenaba a morir en una cárcel de hambre a países enteros sin darles la oportunidad de salir; de cómo había gente que al mirar sólo tenía ojos para el dinero y seguía siendo infeliz a pesar de reír; de cómo otros hacían equilibrio sobre una raya blanca con un billete arrollado metido en las narices; de cómo algunos vendían el futuro de todo un pueblo por bolsas de cemento, o de cómo otros de tanto oler culos se convirtieron en mierda.
    Pero no todo va a ser tan triste, no quisiera que mis nietos lloraran con cada historia; también les contaré historias de gente que luchó contra todo esto, de gente que quiso que el miedo sólo saliera en las películas de terror, de gente que peleó para que por fin hablar, no tuviera fatales consecuencias, de gente que se unió a pesar de los pesares, y de cómo esa gente sufría muchas veces, pero también, otras muchas, podía derrumbar cualquier muro con sus risas.

Guzmán Correa Marichal